Los ojos, dice el diccionario, son unos órganos capaces de recibir los estímulos luminosos de nuestro entorno. Yo, desafortunadamente, perdí uno cuando era un adolescente, pero ahora las prótesis son tan reales que casi nadie advierte la falta.
Mi ojo bueno es el derecho, pero al disfrutar de uno solo tengo dificultades para advertir las tres dimensiones. Mi ojo bueno suele estar muy cansado y, a veces, ese esfuerzo me produce fuertes jaquecas. He tenido diferentes ojos de cristal, de diferentes colores. Recuerdo una vez que se lo llevó a escondidas Miguel Cara de Ángel (ese ser tan bello y malo como Satán), se lo jugó a las cartas, lo perdió y tuve que, rápidamente, agenciarme otro.
Mirando estos días por internet y con la celebración del centenario del manifiesto surrealista en la cabeza, me he dado cuenta de que existe el grupo surrealista de Madrid. Hay más grupos surrealistas en diversas ciudades del mundo aunque, por lo que he visto, poco activos con la excepción del de Chicago. El grupo de Madrid (no he encontrado ningún otro grupo en la península) gestiona una editorial “La Torre magnética” donde publica textos de algunos de sus componentes y desde donde lanza una revista “Salamandra” que ya lleva publicados 24 números.

Como lo uno lleva a lo otro, me viene a la memoria el concepto situacionista de “psicogeografía”. Quizá podríamos entender el situacionismo como una evolución del surrealismo. El situacionismo ejerce una crítica materialista al idealismo surrealista (o al menos así lo veo yo) e intenta aplicar sus conceptos e ideas de una forma efectiva en la vida cotidiana. Del paseo surrealista nos deslizaríamos hacia la psicogeografía y en esta he encontrado unos nuevos conceptos que el escritor Emilio Santiago Muiño y la antropóloga Analía Silberman desarrollan en algunos de sus textos.
Uno de estos conceptos es el de la etnografía reencantada, que “aspira a registrar la construcción de nuevos sentidos que transformen, amplíen y descolonicen la realidad social cotidiana. La etnografía reencantada pretende estimular los fenómenos y las prácticas emancipadas de la propia subjetividad, tanto personal como comunitaria. Esta etnografía consiste en una suerte de registro de vivencias poéticas que, por su misma conciencia de existir como registro, facilita el florecimiento de la vivencia poética”.
El problema más determinante está en que uno debe ser consciente de su propia alienación y debe asumir esa situación para poder desembarazarse de ese lastre y superar ese estado. Si lo consigue podrá observar lo poético, lo maravilloso también dentro de ese ambiente asfixiado y constreñido por el monopolio del consumo y la economía.
La etnografía reencantada, al producir un archivo lleno de experiencias poéticas, nos indica el camino, nos muestra las posibilidades que tenemos de desalienarnos y poetizar nuestra existencia. No hace falta escapar de nuestro entorno, basta con observarlo lo suficiente, y con otra mirada, para encontrar algo de belleza. Es decir, que el propio hecho de plantearnos registrar lo maravilloso en la vida cotidiana propiciará que nos aproximemos sigilosamente al hecho poético, pues cambiará nuestra percepción subjetiva de la realidad y fomentará una hipersensibilidad activa que no solo hallará lo poético, sino que lo estimulará.
Visto lo visto, pienso detenidamente sobre qué es una biblioteca. Pienso que una biblioteca es un espacio, un lugar lleno, repleto de libros. Pero, a la vez, pienso que un libro también es un espacio. Pienso que tanto la biblioteca como el libro son espacios que determinan un tiempo, nuestro tiempo. Determinan el tiempo que pasamos para encontrar un libro y, cómo no, el tiempo que nos tomamos para leerlo. Un lector debe, obligatoriamente, transitar por la biblioteca, debe, obligatoriamente, recorrer el libro y, por lo tanto, puede perderse y encontrarse entre ellos. Puede, si lo desea, realizar una deriva por la geografía de la biblioteca y luego, con el libro escogido, también por sus páginas.

Ese hipotético lector puede realizar una deriva a través de una biblioteca, cogiendo al azar algunos volúmenes. Puede, luego, abrir algunas páginas al azar y apuntar algunas frases. Puede, más tarde, ordenar de forma aleatoria (y aquí puede elegir el azar o su propia sensibilidad) las frases recogidas para formar una narración, un poema o un texto. Puede construir una etnografía reencantada que de lugar a una vivencia poética.
¡Bueno! Hasta aquí, de momento, mis reflexiones sobre el mal de ojo. Mientras escribo esto pienso en mi ojo de cristal, en mi fuerte jaqueca y, gracias al azar objetivo, en el ojo de cristal del cineasta Raoul Walsh. Dicen que lo perdió en un extraño accidente automovilístico y que en los cócteles de Hollywood, cuando estaba cansado de la gente, se lo quitaba de la cuenca y lo dejaba caer en su copa (ante el asombro de la concurrencia) como si fuera un cubito de hielo.
Yo, todavía, no he llegado a tanto. Tiresias, que se quedó ciego porque Atenea lo castigó por haberla sorprendido mientras se bañaba, fue compensado con el don de ver el futuro, con el don de la videncia. Yo, todavía, no he llegado a tanto, pero cuando me acuesto por la noche e introduzco mi ojo de cristal en un vaso con agua de sal, y me duermo, no soy yo quien sueña. Mientras duermo, yo sueño todo aquello que el ojo de cristal sueña. Mientras duermo yo veo todo aquello que el ojo de cristal ve.
Yo no tengo ningún don, pero el ojo de vidrio puede vislumbrar el futuro, puede ver el devenir de las cosas, pero solo a través de enigmas, solo como espejismos, como un reflejo distorsionado que se observa a través de un cristal algo sucio y rallado.
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Ferran Destemple

Soy filólogo de formación, pero siempre he rebuscado en lo visual y en lo sonoro aquello que el texto no me llega a ofrecer. Para mí no hay jerarquía entre estos elementos, se mezclan, se arañan o se fusionan mejor o peor dependiendo del soporte. El soporte determina el contenido y el contenido busca el soporte adecuado.
Destripar los interiores del texto, del sonido y de las imágenes y volverlos a montar, como si de un monstruo de Frankenstein se tratara, es un divertimento al que no pienso renunciar.
Me considero un amateur y eso me libera de angustias y obligaciones y me permite fracasar y equivocarme más y mejor.
Si os pica la curiosidad podéis visitar la web de AutismosAutomáticos que coordino al alimón con Pepa Busqué.





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