PRIMER CAPÍTULO

Aunque no era la Última Cena, bien podría serlo. Mi mujer, traidora avezada, había revelado a su familia mi recaída. Noté un exceso de rabia y arrogancia en sus miradas. Y esa rigidez al sentarse, como esas muñecas antiguas de miembros duros a las que tanto cuesta mover un brazo o una pierna. El escenario, la atmósfera, una geometría algo morbosa. Elsa y yo, quienes presidíamos la mesa, éramos vértices de dos triángulos isósceles invertidos. Uno formado por el sector femenino: mujer, cuñada, suegra; otro, por el masculino. Ambos triángulos estaban insertos en el rectángulo de la mesa de caoba, cuya base ocupaban mis queridos suegros. En el lado opuesto se sentaron mis cuñados. Los niños, que solían comer con nosotros, hoy lo hacían frente al televisor en el círculo de la mesa camilla. Una encerrona, una maldita encerrona geométrica.

Mi suegro, a mi derecha, después de saborear el vino con una parsimonia bastante sospechosa, me preguntó por mi trabajo. No sé si le contesté. Al sentir calambres en las piernas, masajeé los músculos con suavidad mientras él bebía regodeándose, con ese chascar de lengua que desquiciaba. Mejor sería que me alentase a dejar el puto alcohol, y así no atormentar a su hija, porque de tanto mirar cómo vertía el líquido rosado en su gaznate, mi imaginación hizo de las suyas y sus labios de besugo se agrandaron y ahora succionaban los pezones de mi suegra. Un trago, me dije, eliminar aquellas imágenes con un trago. A mi izquierda, mi cuñado abría otra cerveza. Quiso servirme vino. Interpreté bien mi papel tapando la copa con mi mano, aunque un instante después los dedos se abrieran.

Con el codillo, todo fue más insoportable. Dedos que aleteaban impregnados de grasa y esas bocas tan abiertas repletas de incisivos y caninos. ¿Por qué insistía mi mujer en que mostrásemos, unos frente a otros, nuestro lado más animal? ¿Estrechar vínculos?

Como en una partida de ping-pong, me llegaron pelotas que devolví con un amago de sonrisa en los primeros saques. Del «¿Qué tal el trabajo?» de mi suegro se pasó a ese «Sigues yendo a la terapia, ¿no?» de mi suegra, mientras Sandra, mi bella cuñada, atacó con un «No es por alarmar» que chocó en la red, repitiendo el servicio con un «Si dejas de ir, terminas recayendo». Esto unido a la grasa del asado y a los silencios. Esos silencios que abrían grietas por las que asomaban atisbos de esa verdad que tratábamos de ocultar con palabras, de enterrar con gestos.

Percibí que a mi cuñada le costaba mucho levantar los ojos del plato. ¿También alcohólica?, ¿su marido? Analicé el contraste entre su manera cohibida de pinchar el tomate de la ensalada y su atrevimiento al formar parte de las féminas ping-pongnianas. Las masas, el poder de las masas. Después, vinieron las trampas. Sandra le preguntó a Elsa si yo tomaba Antabus, un saque que botó primero en su lado de la mesa. Al negarlo, mi cuñada me preguntó el porqué. «El disulfiram me produce náuseas», golpeé, y no podría tomar vinagre, me dije. Me vino a la mente el día que planté cara al maldito fármaco. Unas horas después de haber tomado la pastilla frente a mi mujer, salí a hacer unas gestiones. Entré a un bar y me atreví a beber unas cañas. Pronto comenzaron los síntomas. La taquicardia, el enrojecimiento de la cara, los picores, la visión borrosa… ¡Un malestar inaudito! Caminé un rato para ver si se me pasaba. Como esto no ocurrió, decidí eliminar sus efectos bebiendo más. Tras varios whiskies, se recrudecieron los primeros síntomas surgiendo otros nuevos: la respiración entrecortada, el dolor torácico, el vértigo, la debilidad… Tan insufrible que tuve que ir a una farmacia y, con la excusa de haber bebido alcohol sin recordar que había tomado la pastilla, pedí un antídoto para el Antabus. El farmacéutico me dijo, con una superioridad despreciable, que lo que tenía que hacer era dejar de beber y entonces se me pasaría. ¡Y saber que el jodido medicamento se descubrió por casualidad mientras buscaban un remedio para las infecciones parasíticas!

Empecé a ahogarme. Me asfixiaban con sus preguntas maliciosas, sus malditas suposiciones. El corazón y las sienes me palpitaban. No debía fiarme de nadie; estar alerta y lanzar mordiscos antes de oler el peligro. Me exasperaban el tono de voz tan agudo de Sandra y la manera tan ostentosa de mi suegra de anudarse la servilleta al cuello, que a ningún psicoanalista pasaría desapercibido. Además de la disposición de los objetos en la mesa, urdida de forma magistral por mi mujer. La panera, muy cerca, que me pedían para observar mis temblores. Y las bebidas alcohólicas, en el centro de la mesa. Elsa había cambiado de estrategia. Durante mis recaídas, nunca entraba alcohol en casa. Con su familia, mi mujercita se crecía. Pero olía su miedo, que iba agarrotándola, aunque intentase esconderlo tras una sonrisa ridícula. ¡Cómo aborrecía su máscara de buena hija, mejor hermana y tan buena esposa!

En los postres, mi suegro, aferrado a su cucharilla, daba vueltas y vueltas a un café sin azúcar. Los ojos de mi suegra fisgoneaban mis manos. ¿Descubriría algo fijándose en mis venas? El calor de un licor, ¡Dios, cómo lo necesitaba! Con una copa, los calambres cesarían, el ritmo cardíaco se normalizaría y el martilleo en las sienes, tenue, cada vez más tenue.

(continuará…)


ODELIA EDITORA

El libro puede adquirirse en papel tanto en las librerías de Argentina, como a través de la web de la editorial, y ahora también en Amazon. Si prefieres el formato electrónico, puedes encontrarlo en distintos sitios de internet como google books, fnac, apple books…

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https://www.fnac.es/livre-numerique/a11562414/La-historia-sin-fin#FORMAT=ePub

https://www.odeliaeditora.com/product-page/la-historia-sin-fin-eva-maria-medina

En cuanto a la autora:

@Ricardo Font

Eva María Medina (Madrid, 1971) es licenciada en Filología por la Universidad Complutense de Madrid.

Es autora de la novela Relojes muertos (Playa de Ákaba, 2015): «Una obra excelente que nos adentra en los tortuosos caminos de la locura, en los vericuetos de las vidas atroces de unos personajes, de inabarcable y tumultuosa complejidad, marcados por la tragedia y empeñados en liberarse de sus tribulaciones personales. Eva María Medina construye esta prodigiosa novela con una prosa escueta, concisa, sin alharacas ni elucubraciones, que huye de la escritura previsible y de falsas erudiciones, pero que es hasta tal punto eficaz que nos mantiene en vilo durante la lectura de esta novela corta pero no menos apasionante, tan personal, tan infrecuente, tan literatura en estado puro» (Juan Manuel de Prada, Prólogo a la novela); «En este libro impactante hay una voz original que se construye con la síntesis, la elipsis y con la intensidad. Un desafío por la historia que tiene entre manos, por esa desnudez y renuncia a recargar el texto de elementos, consiguiendo una riqueza expresiva, a veces poética. Una historia construida a partir de metáforas poderosas. Un debut perturbador» (Lorenzo Silva, Presentación de la novela en FNAC Callao).

Su segunda novela, La historia sin fin, presentada bajo el título Blackouts, fue seleccionada entre las seis novelas finalistas del 37º Premio Herralde y publicada en Argentina por Odelia Editora.

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