El jardín de los ausentes es una primera novela que no parece una primera novela. Raméntol llega a la narrativa larga desde la poesía —y se nota— baste aquí repasar sus «Cartas de entreguerras» que supusieron un puente entre la poesía y la narrativa, pero en las que lejos de caer en el lirismo hueco o en el ornamento excesivo tan habitual en escritores procedentes del verso, despliega una prosa poética que funciona como una máquinaria perfectamente engrasada: lenta cuando conviene, afilada cuando hace falta, y siempre consciente de que la ficción no está para decorar, sino para abrir.
El jardín de los ausentes es una novela que no se limita a narrar, pues acontece como ritual arcano de pura invocación. Desde los primeros párrafos Raméntol deja claro que escribe para abrir las mentes que llevan demasiado tiempo cerradas. Su prosa es densa, sensorial, consciente de cada sombra y no busca solo embellecer la realidad, sino revelarla desde sus rendijas más arcanas. Habla desde lo íntimo con la precisión de quien conoce bien las habitaciones que más arden.
La autora construye una historia donde la memoria familiar deja de ser un álbum de fotos y se convierte en un escenario físico, masticable. La casa que habitan Amira, sus padres, la abuela y el resto del linaje no es solo un paisaje, es sobretodo un ser vivo. Sus bisagras oxidadas, sus alfombras vigilantes, la penumbra que se agita detrás de cada puerta, todo forma parte de un organismo antiguo que observa a quien lo recorre. Sus metáforas conforman una presencia intangible y omnipresente.
La premisa es engañosamente doméstica, una casa familiar, sus habitantes, los presentes, los ausentes y los que quisieran ser ambas cosas, y una protagonista (Amira) que huye hacia un diario personal. El texto alterna entre la realidad y una ficción en la que Amira escribe y reescribe su propia percepción del mundo. Ese juego de doble capa funciona como una especie de respiración del libro. La casa habla y Amira imagina, y ambas voces se contaminan, se alimentan y a menudo se contradicen. Es una estructura fina, difícil de sostener, y sorprendentemente la autora la mantiene sin que se desmorone.

Raméntol domina esa alquimia rara en la que el lenguaje poético y el narrativo no luchan entre sí, sino que se retroalimentan. En los pasajes en cursiva, lo que Amira imagina, escribe o exorciza, la novela despliega su dimensión más libre. Allí la autora muestra una creatividad que late sin ataduras, donde el pensamiento se afila, se dispersa, se intensifica hasta volver tangible cada emoción. En la parte no cursiva, la realidad respira con una serenidad inquietante, como si los hechos se escondieran bajo una capa de polvo que solo la mirada de Amira supiese apartar.
El verdadero logro de la novela es la integración perfecta entre ambas voces, la realidad y la imaginación vibran juntas. Lo que Amira inventa amplía lo que vive, lo que vive ilumina lo que inventa. Ese vaivén construye una novela que se mueve sin rigidez, dándole al lector una experiencia de lectura que no resulta hipersensitiva.
Resulta especialmente notable la mirada de la autora sobre la memoria familiar, sin caer en tópicos ni complacencias. Las casas literarias suelen ser lugares de revelaciones, aquí en cambio, la casa es un organismo vivo, un animal con disciplina de convento y alma de mausoleo. No es refugio ni tumba, es ambas cosas a la vez. Y Raméntol describe ese territorio con precisión sensorial, las superficies respiran, las alfombras vigilan, las bisagras llevan más biografía que los propios personajes. Aún así, el conjunto está muy lejos del realismo mágico, es más bien una suerte de realismo emocional con las vísceras por fuera.
Los personajes están trazados con una delicadeza feroz. La madre, luminosa y herida. El padre, solemne y quebrado por sus propias sombras. La tía, impecable en su tirantez. Y, sobre todo, la abuela, que funciona como un punto cardinal, como una memoria viva que sostiene el equilibrio emocional de la casa. Cada personaje lleva una capa de silencio, de mandato, de deseo reprimido que Raméntol sabe leer con una habilidad que se acerca a lo clínico. No hay caricaturas ni exageraciones, solo humanidad expuesta con una sinceridad casi indecorosa.

Como digo lo más admirable es la manera en que la novela transmuta lo cotidiano en símbolo. Un felpudo peinado, una bandeja de plata, un reloj de péndulo, el olor a té, las alfombras que amortiguan el paso… cada objeto habla. No porque la autora lo fuerce, sino porque su escritura tiene esa capacidad orgánica de revelar el pulso que late en la materia inmóvil. Quien conoce la poesía de Raméntol reconocerá aquí su marca, ese don para encontrar vida, dolor o belleza incluso en los rincones más obedientes y hacer que lo cotidiano se sublime.
La autora está en su salsa cuando trabaja la incomodidad, especialmente en las escenas donde la protagonista observa y padece la rigidez de la estructura familiar. El padre, la madre, la tía, nadie es del todo caricatura, pero todos encarnan esa violencia sorda, respetable y heredada que constituye la verdadera tradición de muchas familias. Aquí Raméntol apunta bien y no perdona, si hay que mostrar el control lo hace, si hay que mostrar la obediencia también, si hay que radiografiar el silencio lo disecciona sin tapujos.
La dimensión política aparece, como debe aparecer sin panfletos, se filtra desde la propia tensión vital de Amira, el conflicto entre lo que se vive dentro y lo que se lucha fuera. Es un acierto que esta dimensión no se imponga, sino que se cuele como un eco que acompaña la respiración del personaje.
El jardín de los ausentes es una exploración de los vínculos, tanto de los conscientes como de los heredados. Es también una novela sobre la voz, la que se calla, la que se impone, la que resiste, la que explota en imaginación para sobrevivir. Y esa tensión se materializa en cada descripción, en cada gesto, en cada mirada.
Raméntol demuestra una madurez literaria sorprendente: no se escuda en artificios ni en efectismos. Su prosa, rica pero precisa, construye una atmósfera emocional sostenida, casi ritual, que guía la lectura como quien acompaña a oscuras hacia un lugar desconocido e inevitable.
La novela tiene algo antiguo y algo nuevo, algo íntimo y algo universal. Y, sobre todo, tiene una cualidad rara, permanece. No porque busque trascendencia, sino porque logra que el lector lleve consigo un fragmento de esa casa, de ese jardín, de esa buhardilla donde las palabras se convierten en respiración y los recuerdos en presencias que no se marchan.
El jardín de los ausentes es una novela que habla de la herencia, del silencio, del peso de los nombres propios y de cómo la imaginación puede ser una forma de resistencia. Es un debut que demuestra que Raméntol sabe exactamente qué quiere escribir y cómo quiere hacerlo.
Es un libro que se queda dentro en la medida en que te observa, como esa casa, y te obliga a mirar tus propias grietas.
En este debut, Marian Raméntol abre una casa entera, y quien entra, difícilmente sale indemne.
En cuanto a la autora: Marian Raméntol

Artista multidisciplinar que aborda la poesía, traducción, música, fotografía y cinematografía. Directora de la revista cultural La Náusea. Miembro del grupo musical Orquestracions Dissonants Internes con el que ha editado vídeo-libros y diversos álbumes además de bandas sonoras de cortos y mediometrajes. Ha trabajado con músicos experimentales en múltiples recitales y performances. Ha traducido a poetas contemporáneos al catalán, castellano e italiano. Ha publicado diecinueve poemarios y ha sido incluida en dieciocho antologías. Ha sido premiada en diversos concursos nacionales e internacionales, y su obra ha sido ampliamente difundida en revistas especializadas donde ha publicado poesía, prosa, ensayo y artículos de opinión. Ha sido traducida al inglés, alemán, italiano, rumano, armenio, portugués, búlgaro, bosnio, montenegrino y estonio. Su actividad en el ámbito artístico y poético le ha llevado a formar parte de festivales (tanto poéticos como de cinematografía), exposiciones, recitales y diferentes actos patrocinados por ayuntamientos, editoriales y otras entidades culturales. Es autora de varios guiones cinematográficos y también conductora (junto a Cesc Fortuny i Fabré) del podcast de arte y cultura mensual SINTAGMA de la Plataforma Cultural La Náusea.
En cuanto al autor de la reseña: Cesc Fortuny i Fabré

Artista multidisciplinar formado en tecnología, primero en electrotecnia (máquinas eléctricas y líneas de alta tensión) y más tarde en informática (hardware, redes, linux, seguridad, forense, ingeniería social …).
Ha publicado varios poemarios y está presente en diversas antologías. Escribe poesía, narrativa y ensayo tanto en catalán como en castellano. Ha sido traducido al inglés, al italiano, al rumano y al armenio.
Como guionista ha firmado el mediometraje «El plor mut de l’esbarzer», y los cortometrajes en coautoría con Marian Raméntol; «EFÍMER«, y «La Gàbia«, ambos finalistas del festival FilmÓptico 2021.
Es conductor del blog Radiografía de la Conspiranoia donde difunde información crítica sobre sectas, pseudociencias, conspiranoias, bulos e ingeniería social. Sobre estos temas también conduce un podcast homónimo.
Mantiene este blog en el que publica reseñas de libros y de cine, así como crónicas de eventos artísticos y noticias sobre su propio trabajo.
Colabora con la revista La Náusea, así mismo ha colaborado en revistas como BaBab, Kokoro, Alkaid, Iguazú, Periscopio, Joescric, Alfabet, Paper de vidre, El Humo, El coloquio de los perros, Alga, Devenir 111, Educational Evidence o Noche Laberinto entre otras.




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