Todo pasa con o sin nosotros
Marian Raméntol
“A muchas manzanas de mi
puerta”, en Mi fonética del calcetín zurcido
Mi fonética del calcetín zurcido es el título que Marian Raméntol ha escogido para un libro donde en un centenar de páginas reúne 65 poemas y 45 fotografías en b/b que dialogan entre sí, y nos apostrofan, nos hablan y nos miran. Esta es la última publicación de una artista barcelonesa tan multidisciplinar como singular: Raméntol realiza su arte en poesía, traducción, música, fotografía y cinematografía, con un saber personal y un gusto contagioso.

Raméntol, Marian.
Mi fonética del calcetín zurcido.
Barcelona: La Náusea Ediciones, 2025, 102 pp.
La imagen de un árbol domina el diseño de la portada del libro. Por entre el follaje se filtra la luz de un sol que brilla por detrás de sus ramas, más allá de la tierra. La imagen nos seduce: la de un árbol que fuera todos los árboles y a la vez un universal demasiado concreto, un único árbol único, que sólo pertenece a una sola persona. Un signo de unión entre el cielo y la tierra, el guión que adhiere lo consciente a lo inconsciente, la tipo-grafía de un doble vegetal a un tiempo dúplice y sin doblez.
En las diez decenas de páginas que siguen y forman, unidas, contiguas y continuas, el cuerpo del libro, irá abriéndose y entreabriéndose el follaje de muchos árboles, y se irá filtrando, dosificando, enfocando la luz de muchos soles. Veremos y leeremos árboles a la orilla de las aguas, y en las aguas; un árbol convertido madera, y la madera en bote; viviente sarcófago, este árbol abandonado, sacrificado, entregado al líquido elemento que bebieron sus raíces…

Al epígrafe que abre el libro, Movimiento líquido sin derrotas ni miserias / compañía perenne en cada sol de agua , acompaña la fotografía del fluir de un río, estrecho, pero no seco, ni estancado. Con la tierra, el aire, y el fuego, el agua es uno de los cuatro elementos de la materia: cosmogónicos del universo según los filósofos presocráticos griegos, combustibles de la imaginación humana según el epistemólogo francés Gaston Bachelard. Vemos fluir las aguas, fluviales, por un cauce cuyas márgenes lucen cubiertas de vegetación. Un horizonte de colinas soleadas, que ilumina una franja de luz y amenazan las nubes grises de un cielo dividido entre el sol y la sombra, es el telón de fondo de esta escenográfica, dramática, fotogénica escena terrena y natural.

La imagen precede a dos los primeros poemas del entero conjunto resultado de un deliberado y singular zurcido: culminación de un paciente y delicado proceso. Nos dice Marian Raméntol: Este libro empezó a gestarse en 2020, en plena pandemia. Su cuerpo ha ido cociéndose a fuego lento durante cinco años, sin prisa.
No nos es posible en esta breve presentación dar cuenta del relieve particular de cada poema, menos aún de cada verso, de los 65 que compila Mi fonética del calcetín zurcido; también nos estará vedado entrar en el detalle, en los detalles de las imágenes, de las 45 fotografías, cada una de ellas portadora o reveladora de singular “inconsciente óptico”,(1) elegidas para su reproducción en este último libro de la artista barcelonesa. Nos resignamos a limitarnos a un haz de rasgos que resultaron principales o basales para nuestra lectura de la ensoñación y/o imaginación creativa de Raméntol. Gavilla delgada, no es sin embargo raquítica: cosecha granos y frutos de nuestra interacción con el texto: relación peligrosa, como sabemos, porque la tiñe nuestra subjetividad.
(1) “La naturaleza que habla a la cámara es distinta de la que habla a los ojos; distinta sobre todo porque un espacio elaborado inconscientemente aparece en el lugar de un espacio que el hombre ha elaborado con conciencia (…) La fotografía lo hace patente con sus medios auxiliares, con el retardador, con los aumentos. Solo gracias a ella percibimos ese inconsciente óptico”, decía en 1931 Walter Benjamin en su “Pequeña historia de la fotografía” (en Discursos interrumpidos I. Madrid: Taurus, 1987, p.87).
I
Un escalón que no esté profundamente gastado por los pasos no es, al fin y al cabo, más que un poco de madera más bien triste.
Franz Kafka, “Consideraciones sobre el pecado, el sufrimiento, la esperanza y el camino” en Aforismos, visiones y sueños
(1917-2013)
¿Cuántas puntadas, cuántos pasos invisibles, requirió el reparar la rotura de ese calcetín? ¿Cuántos pasos confiados, ligeros, lentos o cansados hubo antes que marchar, para que su ruptura reclamara -con las palabras que suben de los pies a la cabeza, con las entonaciones de una fonética de calcetín- reparación y zurcido? ¿Qué ficciones se urdieron en tanto se perseguía lograr la re-unión sutil, la sutura de la rotura?
Leemos, es decir, elegimos:
El dolor se hilvana
para amortizarnos con la huida,
cose despacio los renacimientos
a puntadas dobles
(“Contendores repletos de mal aire”)
En el humedal de tu voz
resuena la sintaxis de una postura azul,
trozos verbales que quedaron por coser,
mientras la incógnita de tu mejilla
se te enreda en la boca y la lágrima,
en un intento inútil, atraviesa a croll el litoral
para estallar en mi declive
(“El lenguaje solar de tus exequias de colores”)
Con ceniza dibujas el mar
y lo coses a tus isletas,
pespuntes de tímido césped,
hebras de heno y chozas de ternura,
así acontece el prodigio
(“Un tren rápido hacia el infierno”)
Cuando llegue al final de las olas,
me sobrarán orgullosos abecedarios
con los que remendarme.
(“Quedan vientos suficientes para los naufragios”)
para mis fantasmas de papel y su pena mal cocida
(“El pentagrama cutáneo de la tarde”)
Hilvana así mi nombre, padre mío,
entre tu mejilla y el cielo
(“Entre torcaz y lechuza”)

Marian Raméntol ha zurcido palabras para apresar sonidos, para ofrecer sentidos. Su voluntad unitiva de religare recrea y/ o procrea, una y otra vez, una lograda religio. Que ratificara la etimología popular de la oralidad para rectificar la del elitismo literalista. Que progresara verso a verso, hasta culminar unpoemario religioso en este sentido etimológico del término.
Corren las aguas, retumban y resuenan sus murmullos líquidos; emergen horizontes naturales de cielos con sus nubes y sus luces, sus montañas y colinas; germinan tomates y alimentos terrestres; toman vuelo pájaros, astros, y árboles; re-cobra vida la materia, resucita foto a foto; se ve a la fotografía re-suscitar, de a una imagen por vez, botes deshabitados, edificios de piedra, estructuras de hierro, picaportes, vasijas, una fuente con dragones alados o una estatua de mujer con forma estilizada o rasgos hieráticos de cariátide; se disparan constelaciones, se suplica al ausente, se apostrofa al océano, se abren abismos, se exploran los misterios más trascendentes sin olvidar nuestra inmanencia de la taza de chocolate, del pan y de la leche, de los altramuces…(2)
(2) No nos privaremos, a pesar de todo, de un par de apuntes sobre algunas de las fotos. Sobre aquellas que representan crepúsculos y cielos nublados y trapazados por la luz: nos prometen entrever los reflejos de otra representación, más allá, del otro lado de la luna del espejo, del más acá, de las rocas y las aguas de la tierra. Lo celeste promete lo terrestre, el cielo anhela el suelo, y no al revés. Sobre aquellas otras que imaginan una vida cambiada: imágenes del cielo en la tierra: de un cielo lívido, derruido. Hay cielos amenazantes y cielos crepusculares. En la foto de la fuente de piedra escoltada por su conjunto escultórico de dragones de agua con grandes aletas: al animal fabuloso, fantástico, en lugar de llamas de fuego escupe llamaradas de agua viva.
Una convicción preside, sin embargo, la poesía de Raméntol, todo esfuerzo por explorar las palabras en sus sentidos, formas y sonidos poéticos es huidizo; una soledad esencial pone a prueba toda plegaria:
Sigo implorando:
corta mi fonética de calcetín zurcido,
sujétame la piel al torso
hazme seriamente ordinaria
para que la erosión huela a sombra y a espejo
y el cianuro que me anida
deshilache los puntos de sutura
de este mar atroz.
A veces me responde
con un cargamento de sollozos
envasados al vacío
mientras me moja su ausencia
(“Mi fonética del calcetín zurcido”)
II
Yo no lo sé, y ¿para qué poetas en tiempos de penuria?
Fiedrich Hölderlin, “Pan y vino” (1801-1802)
Mas ellos son, tú me dices, como los sagrados sacerdotes del dios del vino, que iban de país en país peregrinando en la noche sagrada.
Las imágenes operan un doble y simultáneo movimiento, de extroversión y de introversión. Tienden hacia uno y otro, uno u otro, de los dos mayores polos del misterio de la materia, se mueven entre las seducciones exteriores del universo orgánico deseado e indeseado y las incertidumbres interiores de la intimidad psíquica y deseante. La aguja y el hilo ¿prosiguen el proyecto inscrito en esas materias, desde aquellas menos sutiles hasta estas que lo son tanto más sutiles? ¿O bien, arrancada y arrancado de esos derroteros, trazan otros recorridos y rumbos en nuestro mundo tecnológico y post utópico, hechos posibles tras la pregunta por el sentido del quehacer poético?
A propósito, y adrede, los versos describen la situación del poeta y la poesía con una convicción que escapa a toda nostalgia:
El verso ya no es el domicilio de nadie,
la palabra, tan solo un lugar de espera.
Está loco el diluvio arrepentido
que ha olvidado el sabor de la humedad,
desconoce que lo que lee en las ventanas
no es el árbol más antiguo de la tierra
si no la voz de una IA
en nuestro torso desnudo
(“La frontera entre dos silencios”)
La palabra se ayerma bajo el microscopio
cuando descubre que la vida nunca ha sido bella
aunque lo afirme Benigni
(“La vida nunca ha sido bella”)
Recapitulación y reformulación: conclusión sin epílogo que realza, personalísima, su cavilación y meditación sobre el hecho poético, y destaca, decisiva, la poética verbal de una poesía que va más allá del verbo y las palabras impresas en negro sobre la página blanco que ya nunca estará en blanco. Muestran a la poeta Marian Raméntol inscrita en el contexto global y local en el que sus textos son escritos, el de una crisis de las identidades individuales y colectivas.
Enmarcada por las secuelas de esta crisis planetaria que tiñe nuestro
siglo XXI, se anuncia no la muerte general de la poesía sino la presencia del “poema muerto”, o al menos, una forma de concebirlo:
Necesitamos holocaustos,
narrar los crímenes de la primavera,
satanizar al sol, ahocar al océano
y envolver al salvaje césped
-esa maleza retorcida en la comisura del párpado
En cucuruchos de altramuces
apetecibles en domingo
(“Cucuruchos de altramuces apetecibles en domingo”)
La lúcida experiencia de escritura es también experiencia del mundo y de sí. Tanto valen plegarias como valen advertencias:
pero no hay que olvidar
que la memoria del agua
es meramente una frase poética,
y por más delincuente que sea
la silueta sobre el charco,
devorar el tuétano de la estrofa
no nos curará la locura
(“La memoria del agua”)
porque la vida, queridos míos,
es solo un tren rápido hacia el infierno
donde se aman tanto los cadáveres,
que entre todos albean tus criptas
y acaban íntimamente a solas contigo.
(“Un tren rápido hacia el infierno”)
III
De este modo el agua es la mirada de la tierra, su aparato de mirar el tiempo.
Paul Claudel, L’oiseau noir dans le Soleil levant (1927)
En un número significativo de poemas, la reiteración del aguatanto enmovimiento como en quietud fija una poesía de las aguas y organiza una metapoética del agua. No sólo grupo de imágenes acuáticas conocidas y reconocidas en contemplación vagabunda: más allá de la serie de ensoñaciones entrecortadas, instantáneas, deslumbrantes, el agua es soporte e invención imaginaria, un principio que funda las imágenes antes que una preexistencia material inerte aunque dinámica.
Quien goza y padece del agua es un sujeto en soledad, un sujeto que ha habitado la muerte: grave translucidez / que iba a ser casa y avenida (“No quedan adjetivos para la muerte”).
Este cuerpo goza y padece el agua del mar así como duele su interminable geografía (“La estatura de mi sombra”). Es un cuerpo que experimenta su transmutación íntima (“La más líquida bancarrota”): por su decidida voluntad de extremarse me alargo tantísimo en terreno arcilloso a líquida bancarrota.
El rostro sin nombre ausente y de permanente presencia en afluente descalabrado es motivo y causa de arrastrar a la más líquida bancarrota, estrategia deliberada que desactiva la poesía consagrada esculpida y horneada, una tradición que no puede ser reconstruida, solo desmantelada, vaciada y desterrada de sus propias promesas.

IV
Agua de mar, ¿quién la siente?
Vicente Aleixandre “Agua de mar”
¿Quién la ha visto? ¿Quién la sabe?
¿Quién descifrará la clave
de la sal, clarividente?
en Obras Completas I. Poesía (1978)
La casa de la infancia (“A muchas manzanas de mi puerta”), espacio de pecas, trenzas y calcetín arrugado. Un espacio doméstico que comprende cajones, secreter y papel pintado; espacio lejano, de recuerdos que dicen despacio verdades nacidas / de espaldas al mar (“Distintas olas con olor a desastre”) e imágenes, recobrado y perdido, espacio primordial que no es el espacio geométrico sino un centro ‘perceptivo’ donde habita un cuerpo.
El espacio perceptivo emplazado en la casa natal trasmuta: mi casa de agua, espacio nuclear (“Cierto olor a libertad”), moviliza también un tipo de destino. No nos encontraremos con el vano destino de las imágenes huidizas, el vano destino de un sueño que no se consuma, sino con un destino esencial que sin cesar transforma la sustancia del ser. Decía Heráclito de Éfeso, ‘el oscuro’ que no nos bañamos dos veces en el mismo río; sugieren los poemas de Raméntol que al ser humano toca el destino del agua que corre, el agua es el elemento transitorio aunque la pena del agua sea pena infinita:
La cicatriz se hace escama
y muerde mi cuerpo.
Busco la sonrisa del mar
y su puño me recuerda
cómo duele su interminable geografía
(“La estatura de mi sombra”)
Hay también aguas vivas, vivaces, que renacen de sí, y que nos re-nacen al purificar, aguas lustrales como lágrimas:
No hay atajos hacia el Edén, solo islotes
como salvajes pupilas de la lágrima que fuimos
(“Islotes como salvajes pupilas”)
lágrimas de gatillo fácil
(“Instrumentos de cuerdas para surcar lagos”).
Quien elige el agua es un ser en el vértigo. Muere a cada minuto, sin cesar algo de su sustancia se derrumba:
Pero esta vez seré cicatriz y arena,
porque ya no hay mascarones, ni navíos ni puertos.
Ahora tendremos que inventar otros peces
y nadar incertidumbres.
(“Tendremos que inventar otros peces”)
en un entorno alucinado bajo el signo del agua:
los parques se llenan de océanos que no saben amar
(“Silencios paliativos y geranios improbables”)
Criaturas de vida prestada los poemas,
prénsiles como brazos líquidos
(“Poemas crudos”)
El mar entero en las articulaciones
(“Los puntos cardinales que te bautizan”)
buscar instrumentos de cuerda
para surcar lagos
(“Instrumentos de cuerdas para surcar lagos”)
muletas líquidas para romper cerraduras
(“Solo preciso un par de muletas líquidas”)
V
Oí decir que hay
Paul Celan, “Oí decir”, en Amapola y memoria (1952)
en el agua una piedra y un círculo
y sobre el agua una palabra
que ubica al círculo alrededor de la piedra
Simultáneos el agua y la arcilla en
viaje lírico con efluvios de arcilla/ el agua cruza las cosas y las alude
(“Vocales noctígavas con dobladillo de carmín”) no solo humedecen la estrofa sino que la cooperación de los dos elementos imaginarios advierte la posibilidad de que el agua suavice la tierra o que la tierra aporte al agua su consistencia: desafío entablado entre el poder disolvente del agua o el absorbente de la tierra contra el agua.
La ensoñación poética se despliega sobre el acto mismo creativo, concebido no como el infinito inalcanzable sino tal un cauce;
Un haz lumínico
define sintácticamente a la termita
en la húmeda madera de la estrofa
(“Vocales noctívagas con dobladillo de carmín”)
Un agua anónima que conoce todos los secretos de quien la navega, de sus lágrimas y de sus vocales noctívagas sus conjunciones anáforas y tildes.
Los ensueños que convocan fuerzas íntimas a entrar en la materia pétrea (“En el vientre de las piedras”), en la materia dura. Despliegue de los polos dialécticos extremos entre lo duro y lo fluido que establece una tensión tal que permite a las relaciones humanas, con brillo o ironía, violencia cínica o socarrona, conferir o encontrar en las materias inanimadas un peculiar realismo, en un camino de satélites y acantilados:
En la cruz de mis alucinaciones
el juicio se convierte en deshollinador de esquinas,
conjuro de piedras, saltimbanqui en apuros
(“Mi fonética del calcetín zurcido”)
VI
Como una mano que en el instante de la muerte y del naufragio
Robert Desnos, A la misteriosa (1926)
Nupcias de sal y de océano con final nefasto. Quien navega sabe del riesgo de naufragar. ¿Qué utilidad da sentido, legitima el peligro inmenso de lanzarse a las corrientes? ¿Cuáles son sus intereses poderosos? Los verdaderos intereses, son quiméricos: son los que se sueñan y no los que se calculan.
La heroína de Mi fonética del calcetín zurcido arriesga a ser una heroína de la muerte, sabiendo acaso que sólo el navegante de la muerte es un muerto con el que se puede soñar indefinidamente. Parecería que su recuerdo tiene siempre un futuro:
Desapacible corona funeraria
como brújula indolente en tu mejilla
donde no se adivinaba la muerte,
⌠…⌡
todos dirán cuánto de amaron
(“Nadie llora tu naufragio”)
VII
y oigo un rumor de olas y un incógnito acento
y un profundo oleaje y un misterioso viento…
(El caracol la forma tiene de un corazón).
Rubén Darío, “Caracol”, en Cantos de vida y esperanza (1905)
En los océanos y mares, ríos y lagos que desbordan sus aguas solitarias y estanques. En todas partes la viajera incansable que ha escrito, que nos dice Mi fonética del calcetín zurcido encuentra, azorada, las reminiscencias del pasado, la vigencia de la ausencia.

Una conciencia que mira y se mira vivir corresponde a un lenguaje que se refracta sobre sí mismo con el propósito de encontrar el sustantivo alfa de la frase:
Por eso quiero ser yo
el perito que evalúe tus secretos,
lenguaje solar de tus exequias de colores,
la astucia de ese beso incorpóreo
que huele a carcajada, la herida más abierta
donde vengas a estrellarte, quiero ser yo tu noche
para exceder la vida y morir contigo en cada nota.
(“El lenguaje solar de tus exequias de colores”)
Agua silenciosa, agua sombría, agua durmiente, agua insondable, son otras tantas lecciones materiales para una meditación sobre la muerte. Pero no es la lección de una muerte heraclitana, de una muerte que nos lleva lejos con la corriente, como una corriente. Es la lección de una muerte inmóvil, de una muerte en profundidad, de una muerte que permanece con nosotros, cerca de nosotros, en nosotros:
Todo cuanto sea necesario
para rehusar la última partitura
y decirme, madre,
que hoy no soy poeta,
que me pierdo bajo el océano
porque soy mortal, que me voy a pique
en los ángulos de tus lágrimas
y que tú,
estás desnuda,
de un limpio improcedente,
sin inventario y sin lengua,
estás ida de todas partes,
estás aún,
estás solo
estás muerta.
(“Para no saberte más”)
Sobre el autor: Marian Raméntol

Artista multidisciplinar que aborda la poesía, traducción, música, fotografía y cinematografía. Directora de la revista cultural La Náusea. Miembro del grupo musical Orquestracions Dissonants Internes con el que ha editado vídeo-libros y diversos álbumes además de bandas sonoras de cortos y mediometrajes. Ha trabajado con músicos experimentales en múltiples recitales y performances. Ha traducido a poetas contemporáneos al catalán, castellano e italiano. Ha publicado diecinueve poemarios y ha sido incluida en dieciocho antologías. Ha sido premiada en diversos concursos nacionales e internacionales, y su obra ha sido ampliamente difundida en revistas especializadas donde ha publicado poesía, prosa, ensayo y artículos de opinión. Ha sido traducida al inglés, alemán, italiano, rumano, armenio, portugués, búlgaro, bosnio, montenegrino y estonio. Su actividad en el ámbito artístico y poético le ha llevado a formar parte de festivales (tanto poéticos como de cinematografía), exposiciones, recitales y diferentes actos patrocinados por ayuntamientos, editoriales y otras entidades culturales. Es autora de varios guiones cinematográficos y también conductora (junto a Cesc Fortuny i Fabré) del podcast de arte y cultura mensual SINTAGMA de la Plataforma Cultural La Náusea.
En cuanto a la autora de la reseña:

Susana Santos. Investigadora y docente universitaria en grado y posgrado, Doctora en Letras por la Universidad de Buenos Aires(UBA). Autora de los libros, Homenaje a Pablo de Rokha (1995), Arte Revolución y Decandencia: revistas vanguardistas en América Latina (1924-1931) (2009).México, centenario y revolución (2010). Autora de ensayos y artículos sobre la literatura, la historia, las sociedades y su cultura en publicaciones dentro y fuera de su país.





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