PRIMER CAPÍTULO (continuación)

Por ensalmo, aparecieron los licores. Sentí cómo ceñían la soga a mi cuello. Ya me había fumado casi una cajetilla. Terminaría con cáncer de pulmón. Me bebí el café, encendí otro pitillo y, empujando la silla hacia atrás, me levanté. Se produjo una cascada de miradas: de mi suegro hacia su esposa, quien miró a mi cuñado, que miraba a Sandra, la cual clavó la vista en Elsa. ¿Pensarían que tendría cubas de whisky en el baño?

Mis sobrinos me interceptaron el paso. Que involucrasen a los niños me pareció blasfemo. Me escabullí sonriendo con patetismo. Cerré la puerta del baño pegando un portazo y eché el cerrojo. No solía hacerlo, pero hoy era vital. Me agarré al lavabo con manos temblorosas y, en el espejo del armario, vi un rostro turbado, sudoroso. Lo estaban consiguiendo. Desequilibrarme, que me envenenase con potingues. Me di unos lingotazos: Dior, Valentino, Jean Paul Gaultier… ¡Qué asco! Para contrarrestar, unos chupitos de alcohol de 96º. Puro etanol. La fórmula… C2H5OH. ¡Gran bactericida! Como no había ni Nolotil ni paracetamol saqué unas pastillas para el dolor menstrual. Me tragué tres o cuatro. Aliviarían un poco el dolor de cabeza. Sentí que todo era un juego absurdo; fichas descontroladas en un tablero tan sucio.

Apenas salí, mis sobrinos se me echaron encima. Mientras el mayor se subió en mi espalda, el pequeño tiraba de mi pierna izquierda. ¡Jodidos niños! Me lié a dar codazos y patadas, que ellos asumieron, sin quejarse, como parte del juego. Su bendita madre debió de oír los gritos porque vino acalorada. Que dejasen al tío tranquilo, parecía regañarlos. Al acuclillarse para coger al pequeño, tuve su canalillo tan cerca. Me imaginé cómo lo lamía, deslizando mi lengua dentro del sujetador, tocando su pezón erecto con la punta.

En la sala, el ambiente había cambiado. Música clásica, la mesa camilla con el tapete verde, las barajas… Mi suegra ya estaba sentada, esperándonos. Seguro que tendría dos barajas «nuevecitas» dentro de su bolso de piel sintética. Cómo abominaba los juegos de mesa, más aún el chinchón, juego de niños y abuelas. Mucho mejor sentarse en el sofá, sin mover un solo músculo, y dejar que el tiempo pasase. No estaba mal derrocharlo; total, teníamos tanto. Pero la gente lo desaprobaba.

Mientras Sandra escribía nuestros nombres en una hoja cuadriculada, su querido consorte barajaba las cartas. Ya les había dicho que no iba a jugar. Hicieron caso omiso. Mi suegro tiró de mi manga hasta que cedí sentándome a su lado. Momento que Elsa aprovechó para dejarme una montaña de monedas y un cenicero a mi derecha. ¡Con qué pasión habría jugado si el premio hubiese sido una copa!

(continuará…)


ODELIA EDITORA

El libro puede adquirirse en papel tanto en las librerías de Argentina, como a través de la web de la editorial, y ahora también en Amazon. Si prefieres el formato electrónico, puedes encontrarlo en distintos sitios de internet como google books, fnac, apple books…

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Inicio del capítulo

En cuanto a la autora:

@Ricardo Font

Eva María Medina (Madrid, 1971) es licenciada en Filología por la Universidad Complutense de Madrid.

Es autora de la novela Relojes muertos (Playa de Ákaba, 2015): «Una obra excelente que nos adentra en los tortuosos caminos de la locura, en los vericuetos de las vidas atroces de unos personajes, de inabarcable y tumultuosa complejidad, marcados por la tragedia y empeñados en liberarse de sus tribulaciones personales. Eva María Medina construye esta prodigiosa novela con una prosa escueta, concisa, sin alharacas ni elucubraciones, que huye de la escritura previsible y de falsas erudiciones, pero que es hasta tal punto eficaz que nos mantiene en vilo durante la lectura de esta novela corta pero no menos apasionante, tan personal, tan infrecuente, tan literatura en estado puro» (Juan Manuel de Prada, Prólogo a la novela); «En este libro impactante hay una voz original que se construye con la síntesis, la elipsis y con la intensidad. Un desafío por la historia que tiene entre manos, por esa desnudez y renuncia a recargar el texto de elementos, consiguiendo una riqueza expresiva, a veces poética. Una historia construida a partir de metáforas poderosas. Un debut perturbador» (Lorenzo Silva, Presentación de la novela en FNAC Callao).

Su segunda novela, La historia sin fin, presentada bajo el título Blackouts, fue seleccionada entre las seis novelas finalistas del 37º Premio Herralde y publicada en Argentina por Odelia Editora.

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