Cuento de Chiquita Barreto

“La desaparición de Pepita”
Lo quiero todo, todo de golpe
Charles Baudelaire, Carta del 20 de diciembre 1855. Lettres 1841-1866
Lorenzo y Pepita, de diecisiete años, trabajan en la confitería El dulce de la vida: ella hace hojaldre y él amasa en la panadería. Allí “se vieron y se amaron”. Durante meses solo se miran y sonríen, sin tocarse, “hasta que una tarde de lluvia mansa él le tomó la mano y un relámpago cruzó el cielo y ellos se metieron en la ranura de oro que partió el universo en dos por una fracción de segundos” (p. 38).
La metáfora de “la ranura de oro”, dominada por un polo semántico abstracto y espiritual, produce una idealización generalizada: identifica lo sensorial con lo espiritual. Su lógica anuncia el surrealismo y tiene raíz en una tradición fantástica barroca.1 Es también la condensación metafórica de un tiempo, el instante que abarca la eternidad y que a la vez puede ser pulverizado por la muerte. El cuento remata en la desaparición del título, narrada como una transformación fantástica: “Pepita fue desapareciendo con la succión” (p. 39).
1.-Kristeva, Julia (1987). Historias de amor. Buenos Aires: SXXI. p.295
Cuentos de Amanda Pedrozo

“Patulá”
“Patulá” comienza con una noche, “la más extraña de las que recuerdo” (p. 41), y avanza hacia la revelación gradual de una verdad. La narradora, entonces una niña de cinco años, cuenta que esa noche una de sus tías, Teodosia (Toti), “se ponía colorete para recibir a su novio, el aviador” (p. 41).
¿Estaba la verdad presente desde el comienzo, en el fondo? Si fuera así, el relato iría reuniendo datos que se complementan hasta un producto final que se revela solo al cierre, y toda la situación enrojece de golpe y muestra su naturaleza. Antes del desenlace, Toti recurre a un gualicho y le confía a la niña su secreto:
Nena, callate y no le cuentes a nadie esto, cuando seas grandecita vos también tenés que echar tu sangre de la bombacha en el café de tu novio para encantarle, para que se enamore más y quiera casarse contigo (p. 43).
El abuelo desconfía del novio, y el desenlace llega con la visita de una mujer embarazada que lleva de la mano a una nena:
Todo hubiera seguido así si no fuera por aquella tarde en que llegó la mujer, esa con la barriga hinchada y una nenita agarrada de la mano. Con unos papeles y una libretita roja en la otra mano, que le extendió a abuela.
—Él es mi marido señora, yo vine a avisarle solo porque averigüé sobre ustedes y me dijeron que son buena gente, trabajadora y honesta, y que seguramente no saben nomás que el novio de su hija es casado (p. 44).
Las palabras de la mujer producen la plena epifanía de la verdad. Su portadora, la esposa, es la vencedora, y su intervención cumple el esquema obligatorio de toda fábula que consiste en un certamen (aquí, quién se queda con el varón): el vencedor actúa en último lugar y los datos que aporta no se suman a los anteriores, sino que los anulan, a pesar de todo gualicho.

“Nina”
Émile Zola (1880) Nana
“Nadie conocía a Nana. ¿De dónde había salido? Y cuántas anécdotas circulaban, cuántos chistes susurrados de oído en oído. Resultaba una caricia aquel nombre, un nombrecito cuya familiaridad sentaba bien en todos los labios. Con sólo pronunciarlo, la muchedumbre se alegraba y se la veía como interesada. Una viva curiosidad aguijoneaba a todo el mundo, esa curiosidad de París que tiene la violencia de un acceso de furiosa locura”.
El cuento abre con unas líneas que definen el ámbito cerrado de una casa del pecado, en un pueblo sin nombre: “Historias como la que paso a relatarles, son secretos que nadie más puede contarles de primera mano, porque soy la única que permanezco en esta casa y permaneceré hasta que Dios diga basta” (p. 45). Quien habla es Nina, personaje central, definida por sus atributos, sus gestos y la ostentación de su actividad:
Pasados veintiséis años en este oficio puedo decir que he visto de todo (de la cintura para abajo). Me sé de memoria los vicios de los hombres del pueblo. No son muy diversos tampoco (p. 45).
Nina cuenta cómo llegó a la posición que ostenta, la de madama de la casa:
Yo hace tiempo dejé de ser mercancía. Más bien, me esmero en cotizar con justicia a mis mujeres sabiendo la capacidad de cada una y exponerlas sólo en la medida de sus propios deseos (p. 46).
[…] ver a la madre de todas las putas, o sea, a una gran madama como yo, sentada como una reina. Prácticamente esperando pleitesía, con un pecho suculento casi disparado del corpiño y con las llaves del placer a la vista, cada una con su número marcado (p. 48).
Hasta que llega la visita inesperada de don Celesio López Curtido, “un caballero de los de antes” (p. 47). Nina no oculta a sus oyentes, es decir, a nosotros, los detalles de lo ocurrido. Esa franqueza la acredita como narradora honrada y confirma lo que anunciaba: no informa ni pone un ejemplo de lo que suele acontecer, sino que reconstruye una experiencia singular y la hace revivir al lector por delegación. Don Celesio le hace un pedido:
—Tengo una chica que le voy a traer, doña Nina. Una que vale oro. Yo le pago y usted la guarda aquí. Para mí solo, y la entrena, que la quiero bien ducha para cuando quiera servirme. Cuando sea mujer usted me hace avisar (p. 53).
Nina acepta, no sin reparos, el pedido y la oferta. Un año después don Celesio volverá a buscar a Concepción, la niña de trece años (p. 54) que su madre le entregó y que quedó a cargo de Nina:
—Aprende rápido la nena, su dueño se va a dar cuenta de que ya arrancó kilometraje, ese será viejo pero no tonto —dijo entonces Daisy (p. 56).
La resolución, que provoca al menos una sonrisa, descansa en un fraude con efectos cómicos: defrauda la expectativa que el propio relato había suscitado.
“El chupete”
Una niña de tres años usa el chupete a pesar de las advertencias de la abuela. Una noche, mientras los mayores tocan y bailan viejos tangos y chamamés, siente un picor y se saca la bombachita. El cuento sigue su descubrimiento corporal y termina con el castigo de la abuela y de la madre, mientras las tías, borrachas, se ríen. La niña sabe que debe ocultar lo que hace:
[…] sabía que no podía sentarse en su cuna a buscarlo porque la abuela la vería y quién sabe si terminaría de nuevo arrodillada sobre un caminito de sal gruesa frente a los cuadros de santos y después de unos cuantos cintarazos por el lado de la hebilla… así que manoteó buscando entre los pliegues de la sabanita, y nada (p. 60).
El relato narra así el descubrimiento temprano del placer corporal y la represión inmediata que lo sigue.
Continuará próximamente con Eugenia Cabral
Forma parte de la misma reseña los artículos:
En cuanto a la autora de la reseña:

Susana Santos. Investigadora y docente universitaria en grado y posgrado, Doctora en Letras por la Universidad de Buenos Aires(UBA). Autora de los libros, Homenaje a Pablo de Rokha (1995), Arte Revolución y Decandencia: revistas vanguardistas en América Latina (1924-1931) (2009).México, centenario y revolución (2010). Autora de ensayos y artículos sobre la literatura, la historia, las sociedades y su cultura en publicaciones dentro y fuera de su país.




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