Cuentos de Egenia Cabral

“Los susurros de Susana””



Y en el pizarrón, textualmente, la maestra que estaba de pie sonriéndonos había escrito: “Nuestra bandera ha nacido del horror a la humanidad.” Cuando advirtió nuestro asombro, la directora se volvió, agitada, a la maestra: “Amor, señorita, amor. Amor, no horror.” Y la señorita, turbada, horriblemente turbada, se apresuró a borrar y corregir. La palabra horror fue sustituida en el pizarrón por la palabra amor.



Eduardo Mallea, Historia de una pasión argentina
(1937; ed. 2001, p. 72)


El epígrafe y el arranque del cuento comparten un escenario, la escuela del interior con su bandera, y una misma sospecha: que la patria oficial tiene un reverso. El cuento empieza así:

Ella venía del país profundo, donde la patria es una banderita que flamea con la brisa del 25 de Mayo, se humedece bajo las nubes del 20 de Junio, recibe la escarcha en el 9 de Julio y eso es todo […]. La maestra tiene frente y dorso, como las hojas del cuaderno, como la realidad en que viven (p. 63).


Esa joven llega desde Frías, en Santiago del Estero, una tierra reseca que, según el cuento, “había sido un vergel antes de la llegada de los españoles” (p. 66). En 1965 viaja en busca de progreso a una ciudad industrial del centro del país (¿Córdoba?). No se la conoce por su nombre legal, Esther, que su madre eligió por la tradición bíblica y en homenaje a la bisabuela, sino por el que ella misma adoptó:

se hacía llamar Susana, a la moda de los años sesenta. La verdad, esa partícula “sus” con que comienza la palabra le caía muy bien a la morocha que hablaba susurrando, con su voz aterciopelada (p. 63).


El dato no es baladí: indica el inicio de un aprendizaje, el de cómo sobrevivir y avanzar en la ciudad de los años sesenta. Con estudios secundarios completos, que en 1965 bastaban para una mujer trabajadora, Susana consigue un puesto administrativo en una fábrica de mosaicos calcáreos. Antes ha puesto a prueba sus armas: rechaza la oferta del libanés dueño del hotel, que le propone ser su amante a cambio de la estadía, y acepta una cena y un motel con el dueño de un comercio. Ya empleada:

Con cada salario fue adquiriendo el módico equipamiento para su futuro hogar. Cuando hubiera adquirido lo indispensable, alquilaría alguna casita en el barrio cercano a su lugar de empleo, para ahorrar en tiempo y en gasto de transporte. También ahorraba los pesos que le daba un abogado cincuentón, cada vez que salían hasta el mismo motel donde había ido con el comerciante, y completaba su canasta con las cremas y el maquillaje que le regalaba el farmacéutico (p. 65).

No faltan los contratiempos. Sus padres contraen la enfermedad de Chagas, transmitida por la vinchuca. Susana viaja a Frías, los traslada a Santiago del Estero y paga de su bolsillo el coche, las consultas, los estudios y los medicamentos, porque el hospital local carece de ambulancia, turnos y reactivos. Pierde así los ahorros destinados a la casita. El texto lo justifica: “dejar librados a los tatas a su ignorancia terminaría saliéndole más caro al bolsillo y al propio corazón” (p. 65).

De regreso, vuelve a la fábrica y a su rutina anterior. El dueño, Panetti, “un italiano muy serio que trataba a los empleados con modales respetuosos y paternales al mismo tiempo” (p. 66), la llama a su oficina e indaga por la enfermedad de sus padres. Susana le pide un “vale”:

Para su sorpresa lo vio levantarse, meter la mano en un saco colgado del perchero, extraer la billetera y tomar diez billetes de los grandes. Susana se puso de pie al lado del escritorio para recibirlos de manos del italiano que, acercándose, la miraba a los ojos. Panetti se sentó sobre la punta del escritorio y estiró la mano libre para acariciarle los pechos mientras echaba los billetes en la cartera de su secretaria administrativa. Susana inconscientemente ya había abierto su cartera, con un gesto habitual después de atender a otros clientes (pp. 66-67).


No es una vicisitud más: resume el sistema de intercambios que rige los episodios anteriores. Panetti le entrega el dinero para alquilar una casa y le promete ayuda en adelante; el sueldo, en cambio, deberá seguir ganándolo como siempre, y con discreción (p. 67). El mundo de la ciudad y de la fábrica es angosto hasta la desesperación, en lo espacial y en lo moral: la oficina de Panetti y los moteles que frecuenta Susana son sus emblemas. La ciudad impone un orden social codificado, y Susana lo sortea porque entendió las reglas del juego, no por casualidad. Pero sus argucias sirven solo a fines personales limitados: en ningún momento expresa voluntad de poder ni de cambio interno. Su destino individual, patético, deja ver el trasfondo político y social de la época.

“Al Tejo”

Si “Los susurros de Susana” trata la prostitución en sordina, “Al tejo” cuenta en primera persona la vida de dos jóvenes que hacen la calle: Daniela, la narradora, y Yisela, su amiga desde la infancia, que antes se llamó Marta, Maribel y Mariela. Ambas ahorran para salir de ese trabajo: Yisela quiere terminar la escuela nocturna y abrir una peluquería; Daniela, comprar un terreno. En una noche fría y sin clientes, Yisela dibuja con tiza una rayuela (un tejo) en la vereda. Las dos juegan durante una hora, hasta que la policía llega a cobrar la “cometa”.

El cuento plantea una pregunta: ¿qué relación existe entre hacer la calle y jugar en la calle? Las dos situaciones, vistas desde afuera, parecen heterogéneas. Si en cambio se examinan las actitudes y los comportamientos, aparecen las referencias a la monotonía y a la explotación del trabajo de prostitución y la posibilidad fugaz de transgredirlas.


“Temblor”



la historia está como siempre pletórica de edificantes
corazonadas
pero en cambio los miserables suburbios de la historia
están llenos de albañales de frustración y letrinas de
resentimiento
de cepos ideológicos donde se calumnia a los que luchan
de mezquinas envidias por el valor ajeno
de verdades que se fingen para tapar la verdad.


Mario Benedetti, “Militancia” en Inventario II
Poesía completa (1986-1991)



Una noche de 1977, Celia, una joven militante que busca a su marido desaparecido y se gana la vida vendiendo viajes al exterior, decide romper su rutina:

Pecado venial. Hace dos años que ni al cine ha ido. Está tan sola. Tiene ganas de ir al bar donde se reunía con los bohemios antes de convertirse en militante política y esposa de un dirigente partidario. Acaso aún leen poemas y comentan sueños hasta el amanecer, pero sólo irá por una o dos horitas nomás. Sabe que algunos siguen reuniéndose, que no aflojaron ni siquiera teniendo parientes “desaparecidos” (p. 72).


La escena del bar prepara el desenlace y sería incomprensible sin el conocimiento de la situación política, de las clases sociales y de las circunstancias de un momento histórico bien determinado: 1977. El malestar de Celia no se debe a rasgos personales suyos, sino al lenguaje elusivo de quienes la rodean: los hermanos Rulo y Rodolfo Rivera, Mirta, la esposa de Rodolfo, y el escultor López Moore, reunidos en un espacio lleno de afectación, rehúyen el tema que interesa a Celia, el problema político de actualidad. Uno de los Rivera llega a decir que los “desaparecidos” son una bola lanzada por la socialdemocracia europea y Jimmy Carter (p. 73). Celia solo escucha frases oficiosas, tan diferentes de los recuerdos que tenía de esas veladas, cuando no se imaginaban los peligros que después se desencadenaron.

A pesar de su reticencia, accede a continuar la reunión en el departamento del profesor. El alcohol y la cocaína agravan allí el ambiente del bar; un espacio ahonda lo turbio del otro. Agotada por el trajín del día y por el alcohol, Celia se duerme con la esperanza de no tener esta vez las habituales pesadillas con su marido y sus compañeros presos y torturados. Llega, fatalmente, otra pesadilla, esta vez real:

mientras aferra su brazo con una de sus manos de escultor, con la otra le desgarra la bombacha y la penetra con un miembro rígido como de piedra. No. No es cierto. No (p. 75).

López Moore viola a Celia ante la indiferencia de los otros tres, que aspiran cocaína y miran. Ninguno de los personajes aparece como caído del cielo ni actúa desde un exterior inmune: el bar y el departamento son condensaciones de un mundo que asimila cualquier asunto concreto sin aislarlo de su concreción histórica y social.

Después de la violación, un temblor sacude el departamento; los otros permanecen impasibles y Celia huye. En el taxi, el chofer repite la noticia que acaban de dar por radio: “Intensidad siete en la escala de Richter, qué bárbaro” (p. 77).

El temblor es un sismo. No ha surgido esta vez de las raíces del resentimiento de años, de las miserias y las injusticias que describe el epígrafe de Benedetti, sino solo, y nada menos, de las fuerzas de la naturaleza. Sin embargo, ¿es arriesgado pensar que “el temblor” es una imagen que reverbera y configura un presente histórico y un futuro próximo? Es una temporalidad de doble faz.

En conjunto, el prefacio propone un criterio de lectura: la sexualidad como un elemento más de un argumento, que no debe aburrir. Los once cuentos lo ponen a prueba en registros y contextos diversos: la alteración genérica de “Caperucito rojo”, la comedia de “Nina”, lo fantástico de “La desaparición de Pepita” y el trasfondo político y social de “Los susurros de Susana” y “Temblor”. En todos, el narrador cuenta una experiencia singular a un lector que el título ha elegido de antemano.

Forman parte de la misma reseña los artículos:

En cuanto a la autora de la reseña:


Susana Santos. Investigadora y docente universitaria en grado y posgrado, Doctora en Letras por la Universidad de Buenos Aires(UBA). Autora de los libros, Homenaje a Pablo de Rokha (1995), Arte Revolución y Decandencia: revistas vanguardistas en América Latina (1924-1931) (2009).México, centenario y revolución (2010). Autora de ensayos y artículos sobre la literatura, la historia, las sociedades y su cultura en publicaciones dentro y fuera de su país.

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