He de hacer una confesión. Sí, ha llegado el momento. Uno puede engañar a la gente, uno puede también engañarse a sí mismo, pero en determinadas circunstancias, quiera o no quiera, no tiene sentido seguir adelante. Sí, afirmativo, he de confesar que soy y he sido un agente telépata del misterioso Instituto Mandri. Digo soy y he sido, porque a partir de la publicación de este escrito estoy convencido de que mi vida será borrada de todo tipo de archivos, mis fotos desaparecerán de las redes sociales y de los teléfonos de mis amigos; desapareceré de los listados del seguro médico; mi casa será vendida ipso facto; mi coche será una oferta en alguna tienda de segunda mano. Podréis encontrar mis objetos personales en algún mercadillo local; mis libros vendidos de saldo: mi ropa, seguramente, será quemada para no dejar ningún tipo de rastro y Thuojo, mi mascota, sacrificada por algún veterinario sin escrúpulos.

He de hacer una confesión. Sí, ha llegado el momento. Uno puede engañar a la gente, uno puede también engañarse a sí mismo, pero en determinadas circunstancias, quiera o no quiera, no tiene sentido seguir adelante. Sí, afirmativo, he de confesar que soy y he sido un agente telépata del misterioso Instituto Mandri. Digo soy y he sido, porque a partir de la publicación de este escrito estoy convencido de que mi vida será borrada de todo tipo de archivos, mis fotos desaparecerán de las redes sociales y de los teléfonos de mis amigos; desapareceré de los listados del seguro médico; mi casa será vendida ipso facto; mi coche será una oferta en alguna tienda de segunda mano. Podréis encontrar mis objetos personales en algún mercadillo local; mis libros vendidos de saldo: mi ropa, seguramente, será quemada para no dejar ningún tipo de rastro y Thuojo, mi mascota, sacrificada por algún veterinario sin escrúpulos.

¿Y por qué hago esta confesión, si sé que al hacerla pongo en peligro mi identidad, incluso mi vida?

Es esa una buena pregunta, que creo no tiene una fácil respuesta.

Mi vida como agente telépata que trabajaba en la sección 7ª del territorio 25 del Instituto Mandri, no fue demasiado emocionante hasta que contacte con el agente Fortune, Francis Fortune. El agente Fortune, a través de extraños subterfugios, me fue introduciendo en algo que yo pensaba que era solo una superstición tecnocientífica, una leyenda urbana. Francis, sutilmente, me fue mostrando primero pequeños indicios, luego objetos extraños y más tarde lugares y situaciones que llevaban al límite mi raciocinio. Me mostró, poco a poco, cómo la realidad no es la manzana que observó Newton caer del árbol. Una manzana que nos muestra el orden, las causa y los efectos de las cosas. Francis me enseñó que la existencia se comporta más bien como aquel sueño de August Kekulé, un químico que descubrió la estructura del benceno, no mediante la lógica y el desarrollo científico, sino a través de un sueño. Kekulé, en una noche de desasosiego, soñó con una serpiente que se mordía la cola, soñó con el Uróboros y al despertar comprendió que la estructura del benceno era un anillo.

Quizá estamos en una realidad que surge, que se crea desde lo onírico y el subconsciente, que emerge gigantesca como un iceberg desde el caos del sueño y el delirio. Una existencia que consideramos lógica, pero que está basada en un azar que combina aleatoriedad y ensueño.

También Francis, al menos de forma indirecta, trabajaba para el Instituto Mandri (ese lugar donde la burocracia clínica y la IA firmaron un pacto que nadie recuerda haber autorizado) vigilando unas fronteras que no son físicas, sino multidimensionales. Me dijo, casi en un susurro, que para poder ver la verdadera realidad, uno debe despojarse de ese “yo” que nos conforma, uno debe irse diluyendo hasta separarse de su identidad. Solo cuando uno desaparece y se convierte en una sombra, en un fantasma puede operar impunemente en ese sustrato onírico, en los sueños y delirios que sustentan una materialidad que suponemos racional. Lo racional, me murmuró, es un simple reflejo invertido de nuestro pensamiento. Nosotros construimos la realidad a través de la acumulación de los deseos, de nuestros pensamientos más íntimos, de todo aquello que somos incapaces de verbalizar.

Me dijo también que en Brasil circula una droga que nos introduce sintéticamente en esa existencia escondida, oblicua. Esa droga se destila en búnkers subterráneos construidos en medio de la selva amazónica y está celosamente guardada. Su distribución es escasa y se utiliza para chantajear, convencer y atrapar a destacadas personalidades.

Francis me proporcionó algunas dosis de esa droga, que una vez introducida en tu cuerpo vía intravenosa, te convierte, te transforma en una especie de fantasma, de entidad incorpórea que te permite operar en esa otra existencia onírica y delirante. No eres un mero espectador de un mundo revelado, eres un elemento activo. Esa droga actúa como una especie de brújula. Una brújula que no señala ningún punto cardinal, sino que te muestra las grietas por donde puedes entrar sigilosamente.

Recuerdo la primera vez que me inyecté esa droga. Era de noche y hacía mucho frío. Miré fijamente la aguja hipodérmica vacía sobre la mesa. Me invadió otra ola de frío, un frío interior y nervioso. El líquido de color ámbar ya recorría mis venas, desplegando un mapa onírico a través de mis pupilas. No me quedaba mucho tiempo de solidez. Mi entorno se desvanecía y se diluía para que apareciera otra dimensión. Sentí cómo mi cuerpo perdía intensidad, volviéndose lechoso y algo traslúcido, como si la materia fuera tan solo una opinión de la que empezara a disentir.

Cada vez que iniciaba un viaje al otro lado del espejo me costaba más regresar. Cada vez era más difícil mantener el contacto con este mundo. Un día, simplemente, no pude regresar, no pude retornar a casa. Primero me invadió el pánico. La angustia se infiltró y nubló mis pensamientos ¿Es que acaso el Instituto Mandri, a través de Francis Fortune, quería deshacerse de mí? ¿Acaso yo era, por algún motivo que desconozco, un incordio para sus planes? ¿Quizá yo era un viajero, un explorador forzado por el Instituto para rastrear ese espacio desconocido?

No lo sé.

Francis consigue, algunas veces, contactar conmigo a través de pequeños mensajes mentales. Aquí, los mensajes telepáticos llegan diluidos como si fueran un jugo espeso que no tiene ningún tipo de consistencia. A veces, no acabas de recibirlos correctamente y se malinterpretan. Otras, no puedes establecer ningún tipo de comunicación con tu interlocutor.

Este escrito, si lo estás leyendo, se ha filtrado a través de una brecha. Es parte de un mensaje que envié y que no sé si alguien habrá recibido. Estoy tecleando dentro de vuestras cabezas.

Mientras escribo estas líneas, el Instituto ya habrá quemado mi ropa, habrá vendido mi piso y mi coche y habrá sacrificado a mi mascota. Seré un borrón en la mente de mis amigos, me habré diluido casi por completo. Seré una masa ectoplásmica atrapada en el sustrato onírico que hace factible, que construye materialmente la realidad en la que vivís. Esa realidad que es tan real como lo son los sueños que soñamos cuando nos sueñan.

Francis Fortune ya me lo advirtió. Esta droga te introduce en el tejido con el que los hombres tejen el mundo. Mirad a vuestro alrededor: ¿todo sigue en pie? ¡Cerrad los ojos! ¿Qué veis?

Esta historia es un parásito en vuestro subconsciente. No la estáis leyendo, la estáis soñando.

¡Y ahora que ya lo sabéis, la serpiente acaba de morderse la cola! Bienvenidos al Instituto Mandri. ¡Nos vemos al despertar!


* Es posible que en mi ignorancia haya podido incurrir en incorrecciones e inexactitudes. Para una información más precisa y más amplia, podéis consultar las investigaciones que realiza Cesc Fortuny en su blog.

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Ferran Destemple.

Soy filólogo de formación, pero siempre he rebuscado en lo visual y en lo sonoro aquello que el texto no me llega a ofrecer. Para mí no hay jerarquía entre estos elementos, se mezclan, se arañan o se fusionan mejor o peor dependiendo del soporte. El soporte determina el contenido y el contenido busca el soporte adecuado.

Destripar los interiores del texto, del sonido y de las imágenes y volverlos a montar, como si de un monstruo de Frankenstein se tratara, es un divertimento al que no pienso renunciar.
Me considero un amateur y eso me libera de angustias y obligaciones y me permite fracasar y equivocarme más y mejor.

Si os pica la curiosidad podéis visitar la web de AutismosAutomáticos que coordino al alimón con Pepa Busqué.

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